El recorrido ejemplar de Jean Rustin, nacido en Montigny-les-Metz, en Mosela, es el de un artista exigente, valiente, sin concesiones, que habrá sabido asumir todos los riesgos, incluso el de disgustar, para permanecer fiel a su vocación.

Llevado por la corriente de la abstracción lírica, Jean Rustin había propuesto por primera vez, en los primeros años de su carrera, una pintura muy seductora, demasiado, a su gusto, ya que con motivo de una gran retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de París, llegó a juzgar sus pinturas «demasiado bellas».

Para él fue la ocasión de una verdadera conversión y de un retorno a la figuración. Iba entonces a comprometerse definitivamente en una incansable exploración, cruel, lúcida, desgarrada y desgarradora del cuerpo humano, como consecuencia de la persona humana y de su misterio.

La pintura de Jean Rustin se convirtió a menudo en objeto de escándalo. Había apostado por el realismo, más duro, más secreto y, quizás, más conmovedor.