Lo vi hasta hace un mes. Su amistad me era preciosa por sasincidad directa, transitiva.

Jorge Semprún seguirá siendo para todos nosotros el que aprendió, a los 20 años, la
solidaridad y el mal absoluto simultáneamente. Después de años de amnesia
deliberada, se convertirá en el escritor de un vagón, el del Gran Viaje, y
más tarde, con La escritura o la vida, el portador de una memoria viva y
fundadora para Europa. Un «sobreviviente de servicio», como se describe
él mismo, que nunca habrá amado lo inefable.

La inefable de la que nos hablarán es solo una coartada. O signo de
pereza. Siempre se puede decir todo, el lenguaje lo contiene todo. Se puede decir
el amor más loco, la más terrible crueldad. Se puede nombrar el mal, su
sabor de amapola, sus alegrías deletéreas. Se puede decir que Dios y no es
poco decir. Se puede decir la ternura, el océano tutelar de la bondad. Se puede
decir el futuro, los poetas se aventuran con los ojos cerrados, la boca fértil. »
Él fue el que nunca olvidó que al lado de Buchenwald está Weimar.
A pocos kilómetros de la casa de Goethe, está la colina de
el Ettersberg, donde se hablaba, en los callejones del campamento, todas las
lenguas de la vieja Europa», donde reina el recuerdo del olor de
carne quemada de los crematorios nazis, aquella donde los árboles no serán
lograron borrar el rastro de las fosas comunes soviéticas. Semprún
habrá insistido a menudo en esta doble huella, él que siempre quiso prevenir
la hemiplejia de nuestras memorias - por respeto, también, a todos los que
yacen en esta tumba bajo las nubes.

Es en otra colina, la montaña Sainte-Geneviève, que un
adolescente que ha conocido la guerra de España emprenderá aquí mismo su
conquista personal de la lengua francesa, antes de comprometerse en la
resistencia. Del liceo Enrique IV y de la Sorbona, conservará el recuerdo
hasta Turingia, con Maurice Halbwachs que compartirá con él,
hasta el final, su saber de profesor en un curso ausente y
amistoso en el corazón del universo concéntrico.

En las múltiples vidas de Jorge, está la de Federico Sánchez, el
compañero de viaje del Partido Comunista español en el exilio, que se infiltra en
clandestino en su propio país jugando con la policía de Franco. Aquel
que Yves Montand encarnará en el papel de Diego, presa de la duda sobre
su participación en La guerra ha terminado, el que decía en la película
de Alain Resnais «los veteranos me molestan». El infiltrado
se convertirá en el hombre de pluma ardiente, llevando su lucha contra
totalitarismos y todas las opresiones, en los diálogos de Z y
La Confesión. Yves Montand, Simone Signoret, Constantin Costa-Gavras, Yves
Boisset también, serán sus cómplices en su creación de un estilo
único donde lo más grave puede convivir con la convivencia, en la novela
como en el cine.

El que más joven se divertía traduciendo Don Quijote del alemán a
el castellano habrá conservado siempre el brillo del contestatario y la exaltación de la
libertad - incluso cuando el polizón de antes se había convertido en ministro,
que provenía de una gran familia republicana, y cuyo abuelo
Antonio Maura será presidente del Gobierno español en varias ocasiones
ocasiones. Un ministro en necesidad de tiempo y medios, que la malicia
dejará siempre, como lo demuestra su Federico Sánchez le saluda
Bien, donde él sabe relatar las pequeñeces de la política diaria.

Luego se multiplicaron los honores y las distinciones. El hombre de letras
elegido en la Academia Goncourt, distinguido entre otros por el Premio Fémina, por
el Premio Ulises por el conjunto de su obra, miembro de jurados y de
consejos de administración de múltiples instituciones culturales y
audiovisuales franceses y españoles, el presidente, también, de Acción
contra el hambre ha conservado siempre su talento singular para movilizar y
sensibilizar. Me gustó, como a todos ustedes, la integridad intelectual absoluta
de aquel que haya puesto, más allá del deber de memoria, la herida del
siglo XX al servicio de nuestro futuro europeo. Jorge Semprún encarna
desde todos los puntos de vista, por las lenguas, por nuestra cultura común,
bella de las figuras, cosmopolita y novelesca, del hombre honesto
europeo, llevado por su sonrisa devastadora y el recuerdo de los bellos
domingos.

¡Oh Muerte, viejo capitán, es hora! ¡Levantemos el ancla!
¡Este país nos aburre, oh Muerte! ¡Zarpemos!
Si el cielo y el mar son negros como la tinta,
¡Nuestros corazones que conoces están llenos de rayos!

Fue por sus versos de las Flores del Mal que el joven Semprún tuvo
acompañado por Maurice Halbwachs a su último viaje.

Adiós claridad, y que nos ilumine para siempre.