El Premio Nobel de Literatura de este año reconoce a la célebre neoliberal canadiense de lengua inglesa, Alice Munro. Me alegro de esta audaz elección de la Academia de Suecia que, por primera vez en 112 años, acoge en sus filas a un autor de cuentos.

Sus recopilaciones traducidas en todo el mundo y editadas en Francia por Albin Michel, Rivages y l'Olivier, son otros tantos viajes en la vida de los campos y de las pequeñas ciudades de Ontario y a través de las relaciones hombre-mujer. Hacen honor a uno de los géneros literarios más difíciles, demasiado poco practicados en nuestras latitudes porque requieren una gran humildad ante el objeto a describir. Chéjov, el maestro absoluto de la novela, aconsejaba a los jóvenes aprendices escritores describir un cenicero. «La brevedad es hermana del talento», enseñaba. Alice Munro ilustra esta dulce exigencia. Le felicito.