Con Oscar Niemeyer, el arquitecto de Brasilia, autor de más de 600 proyectos en todo el mundo, desaparece uno de los grandes constructores de nuestro tiempo. A más de cien años, este compañero de viaje de Le Corbusier perseguía, con la misma pasión, la misión que se había dado ya en 1956, cuando hacía salir de tierra con una rapidez asombrosa la nueva capital federal de Brasil, espectacular símbolo de modernidad y progreso social.

Desde sus primeras obras hasta las más recientes, desde el Palacio del Planalto hasta el centro cultural de Avilés en España, siempre ha buscado el «choque arquitectónico». Curvas libres y sensuales, maleabilidad y poesía del hormigón armado, rechazo del funcionalismo como del racionalismo: su firma reconocible entre todas está grabada en el paisaje institucional de las grandes capitales y especialmente en Francia, donde había elegido vivir en los años 70.

En Francia le debemos las sedes del Partido Comunista y de la Humanidad en París, la Bolsa de Trabajo de Bobigny, la Casa de la Cultura de Le Havre... Y en todo el mundo deja una obra a la vez prestigiosa, grandiosa y popular, que cuenta entre las más bellas expresiones artísticas de nuestro tiempo.