Señor Ministro, señoras y señores,

Si Francia es hoy uno de los primeros destinos turísticos del mundo - y quizás incluso el primero -, no es solo por la calidad de sus carreteras, infraestructuras o servicios, no solo por su riqueza real y su comodidad como país industrializado. Evidentemente, también, y quizás sobre todo, en virtud de la formidable potencia de atracción cultural de nuestro país.
¿Qué atrae a un turista a nuestros territorios? Puede ser primero, a lo lejos, algunas páginas de Proust o de Balzac, o incluso el encanto de nuestra lengua. Puede ser la atracción por el esplendor de nuestros monumentos y paisajes naturales y urbanos, la fascinación por las obras excepcionales, o inusuales, expuestas en nuestros museos, puede ser la seducción de festivales y acontecimientos culturales cada vez más numerosos en nuestros territorios.
Es también, indisociablemente de esta parte del león que el arte se ha labrado siempre en la ciudad, el patrimonio inmaterial de un cierto «arte de vivir», expresión que encuentro muy elocuente, y que, por otra parte, ha pasado tal cual en inglés, lo que no es casualidad. Porque si hay un «way of life» en América, es que la vida tiene siempre algo de un itinerario, de un camino, a la manera de una «road movie». La lengua francesa, con «arte de vivir» hace bien el carácter inseparable, en nuestra tradición, del arte y de la vida: es decir, la cultura, en todos sus estados, no es en nosotros una postura o un peluquín, está plenamente integrada en nuestro deseo y en nuestra alegría de vivir, en nuestra vida cotidiana. Y sé que muchos de nuestros anfitriones aprecian esta forma de ser y este estilo de vida, que sin duda compartimos con algunos de nuestros vecinos.
En cierto sentido, somos un poco, si se me permite decirlo, niños mimados del patrimonio, y sin duda estaríamos interesados, es el sentido de nuestro encuentro de hoy con mi colega del Gobierno, el Sr. Hervé NOVELLI, a acoger mejor y desarrollar mejor este «deseo de Francia»para ponerlo más al servicio del bienestar y la prosperidad de nuestros ciudadanos.
Hoy, la crisis nos ha mostrado que la cultura es un extraordinario polo de resistencia e incluso de resiliencia, como dicen los psicólogos, de nuestra economía. Su aportación es esencial también para el desarrollo de nuestra actividad turística y nuestro margen de aumento, en la materia, sigue siendo grande.
Se trata de una forma de valorización indisolublemente cultural y económica, que tiene por vocación hacer vivir nuestros territorios.
Creo que esta Convención puede constituir también una palanca para desarrollar un turismo cultural mejor compartido en los territorios. Actualmente, la frecuentación de los museos y de los monumentos históricos se compone sobre todo de sitios parisinos y de algunos otros lugares de gran notoriedad: demasiados lugares de excepción, que siguen siendo poco conocidos, podrían ponerse mejor de relieve.
Es nuestro deber encontrar las formas adecuadas de dar más brillo y visibilidad a lugares que, por maravillosos que sean, a veces permanecen desconocidos. Por ello, la Convención que firmamos hoy pretende favorecer la innovación, sobre todo en materia de valorización turística de nuestro patrimonio monumental: cómo hacer más familiares, más accesibles obras maestras cuya belleza misma es todavía, Para muchos, una fuente de intimidación social.
Por ello, la Convención prevé fomentar experimentos, que se llevarán a cabo, por supuesto, respetando la conservación del patrimonio, y que podrán conducir al desarrollo y la creación de actividades turísticas de restauración, alojamiento y negocios. Permitirán vincular más estos lugares, a veces austeros o hieráticos, con la vida y la vitalidad económica y social de nuestro país. También así, con ocasión de una conferencia o de una estancia profesional, un visitante ocasional puede convertirse en un «aficionado» de nuestro país y volver más tiempo, en otro marco, para descubrir los tesoros de nuestro territorio.
Con demasiada frecuencia, las joyas patrimoniales carecen de instalaciones turísticas para acoger a los visitantes. Con demasiada frecuencia, sobre todo en los castillos, los espacios - por ejemplo los comunes - quedan poco o ni siquiera en absoluto valorizados: por qué, singularmente en Ile-de-France pero no sólo, no inspirarnos en las buenas ideas de nuestros vecinos, y no pensar en montar paradores a la francesa, siguiendo el modelo de lo que hacen nuestros amigos españoles... ?
Pienso también en las experiencias lanzadas actualmente por el Centro de Monumentos Nacionales, en particular en Touraine, en esta hermosa región que es vuestra, querido Hervé NOVELLI, y que tan bellamente se llama el «jardín de Francia».
Pero no son solo los «monumentos más duraderos que el bronce», para citar al poeta latino HORACE: el campo de la demanda cultural se mueve cada día más hacia los eventos: los festivales, las grandes exposiciones, las fiestas (de la música, los jardines...)porque nuestros conciudadanos y nuestros contemporáneos aprecian los momentos de intercambio cultural, y saben que lo efímero tiene también su duración propia, su sedimentación íntima y personal en la memoria. En un mundo que se acelera sin cesar, las manifestaciones temporales suscitan un interés creciente, sobre todo por todo lo que es más actual y contemporáneo en el arte, las tecnologías, las prácticas urbanas... Debo decir que este verano me ha impresionado, con ocasión de mis numerosos desplazamientos que me han permitido tomar un poco el pulso de la actividad cultural en nuestro territorio, por esta verdadera efervescencia. Todas estas nuevas expectativas son, estoy convencido, tantas prestaciones culturales nuevas que hay que elaborar, tantas nuevas bazas turísticas que hay que inventar. Una vez más, nuestra Convención debe ayudarnos a acompañar la puesta en marcha de grandes proyectos de eventos que puedan dar toda su amplitud y alcance a las políticas turísticas y culturales de los territorios, y favorecer los encuentros con nuevos públicos que se sientan habitualmente más alejados de la actividad cultural.
Por último, soy particularmente sensible a los últimos objetivos de este Convenio marco, que pretenden aunar nuestros esfuerzos para fomentar proyectos de turismo cultural diferentes, comprometidos a respetar y valorizar la riqueza de nuestra diversidad cultural, en metrópolis como en los territorios ultramarinos de los que he hecho una de mis prioridades y que, por otra parte, nos ocupan legítimamente hoy en el Elíseo, o también en el marco de la Unión para el Mediterráneo, lanzada por el Presidente de la República.
En pocas palabras, esto es lo que quería decirle. Estoy convencido de que la contribución de la cultura a la economía del turismo no sólo es una promesa de bienestar y prosperidad para nuestros conciudadanos, sino para la propia cultura, una nueva manera de contribuir a la calidad única de nuestro «arte de vivir».