Robert Laffont acaba de desaparecer. Con él se ha ido un gigante de la editorial, un ardiente defensor de la diversidad literaria, rico en una herencia de más de diez mil títulos.

Es en un espíritu como el suyo, abierto, ecléctico y visionario, que
debemos haber descubierto tantos nuevos autores y conquistados
tantos lectores nuevos. Sin él, sin su don único de descubrir
los talentos y destacarlos, las obras maestras de los maestros
como J. D. Salinger, Graham Greene, Dino Buzzati, Mikhail
Boulgakov o incluso Alexandre Soljenitsyne, no habrían podido pronto
alimentar nuestra cultura, nuestra imaginación y nuestra visión del mundo. Él
ha sabido revelarnos estos universos y hacerlos familiares.
Con la publicación de novelas de Bernard Clavel, Gilbert Cesbron y
Henri Charrière en particular, también habrá contribuido a la
renacimiento, en Francia, libros populares de gran éxito, y
demostrado que el valor de un libro también se debe al placer de lectura que
es capaz de proporcionar a todos. Es para todos los lectores, qué
sus horizontes, que ha creado colecciones como
«Libros» o «Pabellones», tan prestigiosas como populares.
Para todos nosotros, el nombre de Robert Laffont seguirá siendo
el emblema por excelencia del editor que habrá sabido conciliar la
calidad, y el éxito entre todos los públicos.