Merce Cunningham nos dejó. Apenas unas semanas después de la desaparición de Pina Bausch, la muerte de este gran artista sume al mundo de la danza en una profunda aflicción, a la medida de la huella que dejará este coreógrafo fuera de lo común.

Formado en Martha Graham, con la que también mantuvo una relación
Merce Cunningham, gigante de la danza moderna,
decididamente innovador, proponía una «danza de la inteligencia» cuyo
bailarín era el centro y cuya suerte dibujaba las circunferencias
aleatorios.
Merce Cunningham, que no olvido que Francia, en la persona
de Michel Guy, supo ser uno de los primeros países en acogerlo, en el
marco del Festival de Otoño, había construido un diálogo no solo
con John Cage, pero con muchos compositores y artistas
plásticos, como él profundamente arraigados en su tiempo.
Había sabido enfrentarse a las innovaciones tecnológicas: el vídeo desde el principio
los años 1970, la informática desde 1994, con la creación del software de
composición coreográfica Life forms. Esta revolución en la escritura
le permitió iniciar un nuevo diálogo entre el
real y el virtual, que ha cambiado para siempre nuestra manera de ver la
baile.
Incansable, actuó en el escenario hasta más de setenta años,
en toda la verdad de un cuerpo esculpido y herido por la exigencia del
bailarín, hasta su última travesía del tablero huella de pudor
y simplicidad.
Su obra continuará su destino, con su ballet como en
instituciones cuyo repertorio ha enriquecido, como la Ópera Nacional de París.
Ya en abril pasado, la Bienal Nacional de Danza del Val-de-Marne
había dado la oportunidad excepcional de revisar sus obras recientes: la
próxima temporada del Teatro de la Ciudad permitirá descubrir su
última creación, nearly Ninety.
La fuerza grandiosa de las obras de Merce Cunningham es eterna, sus
«formas de vida» serán siempre, para todos nosotros, lecciones de vida.