Me enteré con gran tristeza de la brutal desaparición de Jacques Chessex, durante un encuentro con el público, al que había dedicado su vida de narrador apasionado.

Sus novelas generosamente barrocas han conquistado el fervor de muchos lectores y viajan, desde hace casi cuarenta años, por todos los universos de la francofonía.
Hasta la fecha es el único escritor suizo de lengua francesa que ha recibido el premio Goncourt, que le fue atribuido en 1973 por la evocación de la sombra devoradora del Padre difunto, en L'Ogre.
El gran premio Jean-Giono había venido, hace dos años, a consagrar el conjunto de su obra, que extrae su energía de investigaciones poéticas audaces, que ha recogido en numerosas colecciones remarcadas. Liberó un poco de su secreto en magníficos ensayos dedicados a la literatura y a la pintura, que también practicó con talento.
Un verbo poderoso, una lengua carnosa y un ritmo a menudo jadeante llevan al lector a un universo marcado cuyos tormentos conducen también, por caminos ocultos, a una forma de esperanza y de remisión.