Aprendo con profunda tristeza la desaparición de Henri Ronse, magnífico artista de ambas culturas, belga y francesa, y de múltiples rostros.

Era de esos seres completos capaces de habitar imaginarios culturales muy diferentes, tanto a gusto con los clásicos como con sus contemporáneos, con lo bello y con lo útil. ¡Qué no logró entre 1960 y 1980, entre París y Bruselas, en la escena cultural! Ya sea en el teatro o en la ópera como director de una increíble prolixidad, como hombre de radio o como editor de poesía. Era un constructor, un hombre de utopías, pero también de terreno, que tenía interés en dar fundamentos sólidos a la cultura, como el teatro Oblique en París, o la Caravana de los Poetas en la región Centro. Su obra profundamente poética y comprometida le sobrevivirá.