André Falcon nos dejó y, con él, una cierta imagen del actor absoluto, del artista libre que tocaba donde y como le pareciera, sin renunciar nunca a su integridad y a esa mirada rebelde que le había hecho llamar «el león».

Figura legendaria de la Comedia Francesa, de la que había sido el más joven Sociétaire y donde permaneció, para todos, una referencia: se había convertido en el rostro y la voz misma del Cid para toda una generación de amantes del teatro. Más allá de sus triunfos en numerosos papeles prestigiosos tomados del repertorio clásico y romántico, André Falcon no era solo un inmenso armador de los grandes textos. Sabía ser un comediante popular, capaz de llegar a un gran público y de ilustrarse en papeles entrañables, bajo la cámara de los más grandes y en particular Truffaut, Costa-Gavras, Chabrol, Verneuil o Tavernier. A lo largo de su larga carrera y hasta en sus últimas composiciones, este antiguo joven primero había conservado el don de seducir. En cada uno de sus papeles, también en la televisión, en Las investigaciones del Comisario Maigret o Los Reyes malditossoplaban ese aire de nobleza y de libertad que solo le pertenecía a él.