Perdemos a uno de los grandes representantes de la cultura criolla, antillana y muy particularmente martinica. Un hombre de pluma y de corazón, que siempre ha sabido asumir sus riesgos y llegar hasta el extremo de sus fuerzas para defender la visión poética y las convicciones que le hacían vivir.

Pero lejos de vivir su apego a las raíces como un repliegue
sobre sí, Edouard Glissant habrá vivido siempre como hombre de apertura, a
escuchar «las melodías del mundo» en toda su diversidad.
El embajador de la creolita era del mismo movimiento
extraordinario embajador de la cultura francesa en todo el mundo,
en particular en los Estados Unidos, donde había sido profesor de
Luisiana, luego a Nueva York.
La fidelidad a su historia personal y a la de su pueblo fue para
con un agudo sentido del diálogo, con un pensamiento atento a la
profusión de lo real, rechazando lo cerrado y lo definitivo. Sus ensayos, sus
poemas, sus novelas pertenecen ahora a la cultura mundial,
lo que él llamaba «todo-mundo».