Gradiva es una de las obras surrealistas más ambiciosas de André Masson (1896-1987), tanto por su realización formal como por la pertinencia de su tema.

Ilustra uno de los mitos más fecundos del surrealismo, pintado también por Dalí y
que tiene su origen en la novela del escritor alemán Wilhem Jensen (1903),
analizado por Sigmund Freud en un ensayo de 1906, traducido al francés en 1931 por
Marie Bonaparte, que representa un ejemplo de interpretación psicoanalítica de una
obra. Gradiva relata el descubrimiento, por el arqueólogo Norbert Hanold, de un bajorrelieve
del Museo Nacional de Arqueología de Nápoles que representa a una joven mujer caminando
(Gradiva: la que avanza). La noche siguiente, Hanold sueña que viaja en el tiempo y
Encuentra a la chica en las calles de Pompeya, el mismo día de la erupción del Vesubio.

La pintura de Masson literalmente transpone el pasaje más dramático de la
noticia de Jensen. El pintor congela la metamorfosis de Gradiva entre criatura de carne
y figura mineral, entre vida y muerte. Poderosa, semejante por su actitud a una
ninfa dormida, descansa sobre una base de piedra - presumiblemente las escaleras
del templo sobre las cuales, en la noticia de Jensen, aparece al arqueólogo al
momento en que se derrumba, atrapada por la lluvia de cenizas amenazadoras. Se apoya
sobre sus piernas encorvadas, el pie derecho erguido en la posición que la caracteriza.
Similar a una enorme concha que ocupa el centro de la imagen, el sexo abierto de
Gradiva está coronada por un cuerpo que se convierte en un pedazo de carne cruda y
cuya desproporción aplasta la forma dormida. En una interpretación fiel al espíritu
surrealismo, Masson deja connotaciones eróticas en otros préstamos a la
noticia de Jensen: el Vesubio en erupción en el fondo, un enjambre de abejas que
dirige hacia Gradiva, o también las amapolas de un rojo indignante delante de la grieta
mural por el cual, en la noticia de Jensen, Gradiva desaparece antes de ser
reconocido en una persona real.

De Jensen a Masson, Gradiva se impuso, a los ojos de los surrealistas, como la
figura que encarna el mito de la creación misma.

Esta obra constituye un notable enriquecimiento de las colecciones del Museo
nacional de arte moderno complementando el importante fondo de obras surrealistas que
se han reunido hoy.

La adquisición de esta importante obra fue posible gracias a una importante
movilización del fondo del patrimonio y a la Sociedad de Amigos del Museo Nacional de Arte
moderno que el Ministro de Cultura y Comunicación desea agradecer por
su acción de mecenazgo en favor del museo nacional de arte moderno y más ampliamente del
patrimonio nacional.